La LLamada (Patxi Zubizarreta)

Hay una anécdota famosa que me gustaría contar: en cierta ocasión, una madrugada, estaba Frank Sinatra en un tugurio de Madrid, solo, quemando la noche con un Jack Daniel tras otro. De pronto, se fijó en un viejo piano que había en un rincón y se puso a tocar. Al poco rato, llamó camarero para que le sirviera otro whisky y le acercara el teléfono. Marcó un número mientras echaba un trago, pero después hablar con alguien, en lugar de colgar el aparato, puso un auricular sobre el piano para que quien estuviera al otro lado escuchara la música. La melodía era dulce, embaucadora, y, al acabar de tocar, el músico volvió a coger el auricular, susurró un par de palabras y esta vez colgó. Seguía Frank Sinatra sentado al piano, cuando se abrió la puerta del garito y entró una mujer envuelta en pieles. Era Ava Gadner. Se acercó al piano, escuchó la música sugerente y, cuando terminó la pieza, le regaló un beso sensual y apasionado. Luego, los dos salieron juntos del local y se perdieron en la noche oscura.

trarangaEsta anécdota, además de ser famosa, me resulta entrañable – incluso envidiable – cada vez que la recuerdo. Pera además de entrañable, en este momento también me resulta de gran ayuda para expresar lo que siento cada vez que se aproxima el día de Santa Ana. Los que vivimos fuera del pueblo, a medida que se acercan las fiestas, sentimos una especie de llamada, una llamada dulce y sugerente, como la de Sinatra, ala que es difícil negarse. Una vez allí, la tamborrada nos embelesa con los sones de tambores y se rindiera a sus pies, sobre todo en el momento en que, en la plaza, suena la Marcha de Ordizia (incluso sé quien entonces saca su teléfono móvil para llamar a alguien que o ha podido acercarse al pueblo y, como si se tratara de una retransmisión en directo, darle al menos en consuelo de escuchar la Marcha y así hacer más llevadera su nostalgia.)

En ese tiempo, que al fin y al cabo no son más que pocos minutos, se me arremolinan recuerdos y sentimientos de mi infancia y mi adolescencia. Y una vez acabada la tamboreada, tomo conciencia de que ha pasado un año más (para mi reloj sentimental el año empieza esa noche y no el día de año nuevo), pero este vértigo que me produce el paso del tiempo apenas dura unos instantes porque la cuadrilla ya se dispone para la juerga y me envuelve el bullicio de las charangas. Entonces no hay mayor placer que salir de la plaza y perderse en la noche luminosa.